Domicilio terrenal del infierno, por Hugo Presman

Por: Hugo Presman (Conductor de “El Tren”)

A 70 kilómetros de la bellísima Cracovia, en un camino de abundante vegetación, el infierno llegó a fijar su domicilio. Cumpliendo una obligación autoimpuesta, hace tres años visité Auschwitz- Birkenau. Debajo del arco metálico con la infame leyenda “El trabajo libera”, recordaba las palabras que el escritor Mario Diament puso en boca de los dos protagonistas de su obra teatral “Esquirlas”.Ahí se narra el encuentro entre un sobreviviente de Auschwitz y una sobreviviente de la ESMA. Esta última interpretada por Alejandra Darín pregunta: “¿Cómo se puede seguir viviendo después de haber pasado por un campo de concentración?”. El sobreviviente de Auschwitz le contesta amargamente: “El que ha estado nunca podrá salir, y el que no estuvo, nunca podrá entrar”

Setenta años después un sobreviviente que vuelve a esa fábrica de la muerte expresa algo similar: “Nadie puede entender Auschwitz si no estuvo encerrado allí.” Otro sobreviviente norteamericano llamado Roman Kent declaró: “Un minuto en Auschwitz era como un día entero, y un día como una semana, y una semana como un mes. Una eternidad de horror.”

En una nota titulada “La liberación de Auschwitz o las trampas del lenguaje”, Jack Fuchs, sobreviviente de Auschwitz que hace muchos años vive en Argentina y desarrolla una encomiable tarea docente, tratando de darle la precisión necesaria a un hecho histórico, escribió hace siete años en el lenguaje de su país de adopción: “Otro año. Otro 27 de enero más, fecha en la que se recordará lo que se ha dado en llamar la “liberación” de Auschwitz. 27 de enero de 1945. Pasaron 63 años ya. El lenguaje nos juega nuevamente una mala pasada. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, la gente me preguntaba cómo había sido “liberado”, cuál de los ejércitos aliados me había “liberado”. Yo fui también, durante años, preso de esa terminología y contestaba una y otra vez que había sido liberado por el ejército norteamericano. La realidad es que fui encontrado, en un cobertizo de una casa en el campo, en plena Bavaria. En 1945 yo estaba en Dachau, donde había sido trasladado desde Auschwitz. En los últimos días del mes de abril, hacia el final de la guerra, los nazis a cargo nuestro no sabían qué hacer con nosotros. Los aliados se acercaban, los soldados alemanes nos alejaban. Luego escaparon, dejándonos abandonados en un tren……. Durante la guerra, los países aliados sabían muy bien de la existencia de los campos de exterminio y de todo lo que sucedía. Jamás bombardearon Auschwitz ni ningún campo. Ni las vías de tren que a ellos conducían. Auschwitz fue ignorado entre 1941 y 1945. Voluntariamente ignorado. El objetivo de los países aliados era ganar la guerra. Jan Karski, héroe de la resistencia polaca, estuvo entre los primeros testigos de las atrocidades que se cometieron durante el nazismo. Su testimonio fue menospreciado en Europa, cuando luego de moverse clandestinamente por distintos lugares, brindó información sobre lo que estaba sucediendo. Cuando llega a los Estados Unidos en julio de 1943 sucede lo inimaginable. Su reporte sobre los terribles sucesos incluyendo la matanza de judíos “oscurecía” la agenda de todos los políticos, a nadie interesaba. Roosevelt, con quien se entrevistó de manera privada, sólo estaba interesado en datos vinculados con las conspiraciones existentes. El juez de la Corte Suprema norteamericana, Felix Frankfurter, judío él mismo, escuchó el testimonio de Jan Karski durante una hora y le dijo: “no puedo creerle”. El embajador polaco que allí estaba se enfureció y le preguntó cómo era posible que no creyera los dichos de Karski. Frankfurter contestó: “no es que no lo creo, sino que no puedo creerlo”.

El rabino Daniel Goldman, cuyos padres fueron sobrevivientes del horror nazi, escribió en Página 12: “La imagen que me imprime la liberación de Auschwitz se vincula al ingreso de las tropas del Ejército Rojo al campo. Convencionalmente llamamos a eso liberación. Pero la denuncia que concibe Jack en forma de grito susurrante, exige seguir ahondando en su preocupación, ya que el reduccionismo al que nos somete la trama compuesta por la imagen y el lenguaje, acaba desvirtuando de manera absoluta el insondable drama que contiene el propio horror. Porque en términos existenciales ¿es posible liberarse de esa atrocidad? Y añado que hasta me parece injurioso recurrir al mismo término que los perpetradores usaron en el cartel de ingreso al campo de exterminio: “Arbeit macht frei”, “El trabajo libera”. Liberación versus liberación ¿cuál de las dos tiene el derecho de portar la mayúscula? ¿Cuál de las dos emancipa a la otra? ¿Cuál de las dos no representa lo apócrifo?… La demanda ética de Theodor Adorno al decir que no puede escribirse poesía después de Auschwitz toca sensiblemente en el centro de la herida a la que el hombre no encuentra cómo cauterizarla. Porque Auschwitz es la ausencia de metáfora. Y la expresión “liberación” es metáfora. Banal, superficial y humillante…..” Y luego Goldman citando a Fuchs transcribió: “En enero de 1945, los rusos ocuparon gran parte de Polonia y marcharon hacia Alemania. En el camino se ‘encontraron’ con Auschwitz. Sí, es así. Se toparon con Auschwitz. Encontraron allí 7000 enfermos, discapacitados, que no pudieron ser evacuados por los nazis que, al ver que el ejército ruso se acercaba, intentaron sacar a todos los prisioneros que todavía podían caminar. La mayoría, enferma, desnutrida, no pudo seguir esa marcha, llamada la Marcha de la Muerte. Miles y miles murieron en el camino, no podían caminar y morían o directamente eran fusilados. El 27 de enero se conmemora el momento en el cual los rusos se encontraron con ese panorama”. Y con precisión envidiable Daniel Goldman concluye : “Para no faltar a la verdad, tan necesaria en esta fecha, deberíamos ser precisos en las palabras sin simplificarlas con una tergiversada “liberación”, afirmando (solo afirmando) que hace 70 años hubo algunas personas que salieron de Auschwitz, siendo que Auschwitz no salió de ellos.”

Jack Fuchs en su nota “El día D y la Shoá”, escribió con la amargura del abandono, embistiendo contra un mito: “No puedo olvidar que entre junio de 1944 y la rendición incondicional de Alemania, el plan de aniquilar al pueblo judío no paró un instante. Los aliados no desembarcaron en Normandía para terminar con el genocidio llevado a cabo por los nazis; su único objetivo era vencer a Alemania. Mientras muchos festejaban lo que sería sin duda el comienzo del final, otros se encontraban camino a la muerte”

En Auschwitz, que fue originalmente el edificio de un asentamiento militar, están muchas de las exteriorizaciones de la barbarie: los zapatos, las prendas, los cabellos de las víctimas. Pero es en Birkenau, a apenas dos kilómetros de distancia, donde se camina por las vías por las cuales los trenes traían los contingentes humanos, mientras los ojos no alcanzan a visualizar totalmente la dimensión de la superficie poblada de innumerables barracas. No hay película ni fotografía que pueda dar una idea aproximada de la dimensión del campo. Y luego las terroríficas cámaras de gas.

Se puede observar uno de los cientos de vagones donde se transportaban a los contingentes humanos a su trágico destino. Me imagino a esos hombres, mujeres y niños, despojados de todas sus pertenencias, rapados, con ropas entregadas al azar, incapaces de protegerlos del frío intenso, con zapatones de madera, sometidos a un régimen de trabajos forzados, con una comida única constituida por unas rodajas de pan y una sopa donde era difícil encontrar en el agua algo que no sea nabos, coliflores y excepcionalmente alguna papa. Un sobreviviente, Primo Levi, autor de una trilogía de imprescindible lectura, lo sintetiza así: “Entonces por primera vez nos damos cuenta que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse, una condición humana más miserable no existe y no puede imaginarse…. Nos quitarán hasta el nombre” El número tatuado en el brazo izquierdo reemplazará la identidad.

Lo cuenta Genia Rotsztejn, otra sobreviviente: “Cuando llegamos a Birkenau, nos raparon. Hasta el día de hoy, no puedo recordar cuando me tatuaron el número. Fue tan terrible que me marcaran, porque dejé de ser un ser humano, que se me borró de la mente”

El presidente actual de Alemania Joachim Gauk al hablar ante el Parlamento expresó: “Mientras yo viva, sufriré al recordar lo que fue capaz de llevar a cabo la nación alemana, con su cultura plena de adelantos y aún así cometer los crímenes más increíbles contra los derechos humanos”. Es interesante el reconocimiento, pero la Alemania de hoy, dirigida por Ángela Merkel impone en la Unión Europea, políticas económicas que padecen millones de de ciudadanos de ese continente, sometidos a la desocupación, a la pérdida de sus viviendas, al suicidio.

Han pasado siete décadas. En diferentes lugares del planeta se han perpetrado genocidios, atrocidades, horrores, que ponen en duda la condición humana del hombre en su sentido genérico, como el animal superior. Los argentinos hemos hecho nuestro aporte al horror con campos de concentración como LA ESMA, LA PERLA, Campo de Mayo, los desaparecidos, la apropiación de bebes.

Auschwitz-Birkenau conserva el desdoroso emblema de ser el símbolo donde se bajó a las profundidades más abyectas de la condición humana. La dirección donde el hombre le puso domicilio al infierno.

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