“La historia es implacable”, por Hugo Presman

El realismo mágico en la Argentina no está en la literatura sino en la realidad. Se acordó con el Fondo Monetario Internacional con una dilación de dos años y se firmó en el momento en el que se estaba en la situación más débil, ello con el objetivo que no ocurriera lo que finalmente pasó: inflación descontrolada, los bonos argentinos a precio de remate, corrida cambiaria, riesgo país llegando a 3000 puntos (por encima de los de Ucrania arrasada y Sri Lanka con el palacio de gobierno tomado por la multitud). El ex Ministro de Economía Martín Guzmán se ufanaba que su objetivo era tranquilizar la economía. Para eso su actitud y discurso era el de un monje tibetano. Se fue en medio de una corrida cambiaria y su único momento intemperante, lejos de su paciencia oriental, fue el de la presentación de su renuncia que potenció la corrida. El mismo ministro al cual el Presidente Fernández se abrazó hasta el final y fue uno de los motivos de confrontación con su Vicepresidenta y los largos períodos de incomunicación de los integrantes de la fórmula presidencial. Su renuncia precipitó el restablecimiento a regañadientes de la comunicación de los Fernández que derivara en la designación de Silvina Batakis en su reemplazo, todo hace apenas un mes. Con ese nombramiento se impidió el arribo de Sergio Massa como ministro principal.

Mientras Batakis, al carecer de apoyos explícitos gubernamentales, terminó devorada en menos de treinta días por la situación, a pesar de que sus anuncios iban en el mismo sentido de las políticas de Martín Guzmán. La Vicepresidenta, que en su última aparición pública habló que había que discutir políticas y no nombres, guardó un profundo silencio el cual hace tanto impacto como sus cartas y discursos. Entretanto el ex candidato presidencial Daniel Scioli, que asumió como Ministro de Producción dejando la embajada en Brasil con la esperanza de ser el referente que sacaría a flote el gobierno y eso le permitiera ir por la revancha personal como candidato presidencial en el 2023, regresa con mucha pena y sin gloria a la embajada que debió abandonar intempestivamente y que aún hoy sigue vacante. En realidad, el gobierno es un inmenso agujero negro donde todos los ministros se sumen en la insignificancia desde Aníbal Fernández a Juan Manzur, desde Julián Domínguez a Gustavo Beliz, desde Wado de Pedro a Elizabeth Gómez Alcorta.

La pregunta que resulta pertinente es ¿por qué después de 30 meses, un gobierno que arribó con el 48% de los votantes, en un plazo tan corto se encuentra al borde del abismo, al punto que se ponga en duda su continuidad no más allá de fin de año?

La táctica electoral diseñada por Cristina fue muy exitosa, pero la estrategia de gobierno resultó un claro fracaso. Hay éxitos del gobierno de Alberto Fernández que tal vez se reconozcan alguna vez, si no es que quedan sepultados por el camino de la pronunciada pendiente posterior. Entre los que se pueden señalar, se destacan haber evitado la explosión sanitaria y social en medio del acontecimiento planetario de la pandemia y la herencia recibida; haber sostenido la economía con la fuerte ayuda estatal, atenuando las consecuencias, y haber concretado una excepcional campaña de vacunación. Pero su gobierno se caracterizó por su lentitud en la toma de decisiones, por su timidez frente a los poderosos, por sus contradicciones, por sus luchas intestinas, por la inoperancia de los ministerios loteados. El verbo procrastinar irrumpió en el lenguaje político y periodístico asociado a su estilo de gobierno. Otra forma de decir que se hizo rutinario aplazar la resolución de una obligación o la concreción de un trabajo.

En el origen, Cristina Fernández pensó que su caudal de votos le alcanzaba para ganar pero no para gobernar. Alberto Fernández, carente de todo apoyo popular, era el que podía negociar con el poder económico y mediático mientras debía aplicar políticas implementadas por Cristina durante sus gobiernos. Rápidamente se lo estigmatizó de títere dentro y fuera de la coalición triunfadora. No lo fue en el sentido tradicional de la denominación e intentó desmentirlo en forma contradictoria. Por un lado dificultando o interrumpiendo el diálogo con la socia mayoritaria y por otra parte cambiando funcionarios a posteriori de las criticas públicas de su Vicepresidenta. Se negó a conformar el “albertismo” para no poner en peligro la alianza electoral, pero a medida que el poder de fuego del kirchnerismo se incrementó se fue recostando en el establishment, abrazado a su Ministro de Economía, que era aceptado por el círculo rojo, ante la posibilidad que fuera reemplazado por alguien impuesto por Cristina. Las disputas se fueron incrementando a medida que no conseguía la neutralidad del establishment que era impiadoso en las críticas y en sus prácticas, a pesar de que no se animaba a impulsar medidas que lo afectaran. A su vez la Vicepresidenta, con importantes áreas del gobierno a cargo de seguidores suyos, actuaba como oposición interna, reservándose el papel de auditora del gobierno que integraba. La idea era despegarse del posible fracaso de la administración de la que formaba parte, una táctica absolutamente ingenua.

Sergio Massa actuaba de morigerador de los integrantes enfrentados de la coalición. La crisis económica se profundizaba acentuada por la crisis política. Cuando se llegó a una situación límite, Cristina Fernández advirtió que su estrategia no la salvaba del abismo e intervino el gobierno de Alberto Fernández con Sergio Massa, al que se le otorga poderes de Primer Ministro, que dejan al Presidente en una posición similar a sus colegas de Israel o Italia, mientras aquella sigue manteniendo sus lugares de poder, entre ellos el de energía, que se verá qué conflictos acarrea en la articulación de políticas en un área extremadamente compleja.

La historia es implacable. El gobierno fue en una parte importante de su gestión conformado por el Randazzismo sin Florencio Randazzo y ahora es reemplazado en los hechos por el Frente Renovador de Sergio Massa, mientras en ambos casos Cristina Fernández se reserva el derecho de veto, como principal sostén. La historia suele ser implacable. Massa y Randazzo con la gestión de Alberto Fernández como operador, fueron artífices de dos sonoras derrotas electorales de Cristina Fernández. Y para no desmentir que el realismo mágico en nuestro país está en la realidad política y no en la literatura, fue Sergio Massa quien reemplazó a Alberto Fernández, en el gobierno, cuando el actual presidente fue relevado después del conflicto con las patronales del campo. Algunas fuentes fidedignas sostienen que el principal motivo fue la poca simpatía que había entre ambos funcionarios.


LA HISTORIA ES IMPLACABLE

Seguramente la nueva gestión intentará emerger la cabeza con políticas favorables y aceptadas por el establishment local y el Fondo Monetario Internacional. Pueden resultar posibles, en el mejor de los casos en el cortísimo plazo, atravesado por la desilusión y el escepticismo, pero resultan incompatibles sin mejoras significativas para la base social del peronismo y de las mayorías populares. El país busca una salida de un laberinto con políticas que en el mejor de los casos lo harán posiblemente entrar en otro más difícil. La historia es implacable. Se burla de quienes no intentan seducirla sino violarla. O ignoran las necesidades de la hora. O están muy por debajo de las exigencias de la realidad. O eligen caminos equivocados. O se neutralizan patéticamente en lo que Hipólito Yrigoyen definía como “las patéticas miserabilidades”.

Las torpezas y errores de principiante del Presidente y su timidez, las puntualizaciones en general correctas de la Vicepresidenta pero sin decir nunca el cómo hacerlas, similar al hincha que critica desde la tribuna, configuran el actual panorama en donde el hombre que entró con un capital del 10% electoral y posiblemente hoy mucho menor, termina haciéndose cargo del gobierno y determinando si se recompone o se pierde definitivamente la base electoral original. De su gestión depende que no queden sepultados electoralmente no solo él, sino también Cristina. Si fracasa, el Frente de Todos será una representación de aquella frase de Macedonio Fernández: “Fue un desastre tan completo, que hasta los sobrevivientes perecieron”. Bajo los escombros del Frente, quedarán las trayectorias políticas de los tres referentes.

La historia es implacable. La suerte del Frente de Todos queda supeditada a la gestión de un hombre que durante muchos meses, allá por el 2015, fue socio político de Mauricio Macri, que es amigo de Horacio Rodríguez Larreta, aliado de Gerardo Morales en Jujuy, asiduo visitante de la Embajada, donde tuvo adjetivaciones descalificatorias hacia Néstor Kirchner y públicamente con Cristina, muy cercano a sectores económicos como el de Marcelo Mindlin y José Luis Manzano y que a lo largo de su trayectoria política nunca pudo celebrar ni comprender el día de la lealtad.

Enfrente están los que representan sin ningún disfraz al poder económico, esperando ir por la victoria definitiva. Esos sectores económicos que en principio reaccionan favorablemente sin obviar donde están sus preferencias electorales

El realismo mágico en la Argentina no está en la literatura sino en la realidad. La historia es implacable con quienes la cortejan pero no la seducen.

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