Por Gabriel Fernández, conductor de “Terapia de Grupo”

Ni-Una-Menos (1)

Mientras mejor, mejor. Así son las cosas. En la Argentina hay una mujer ejerciendo la primera magistratura, votada democráticamente por mujeres y varones. Y son varias las que orientan otros espacios políticos. Las casas de estudios tienen una población femenina creciente. El mercado laboral, aunque persiste el desajuste, permite observar un desarrollo más equilibrado que en el resto del continente. Hay jubilación para las amas de casa.

Los casos de violencia de género son menos que en el promedio de la región, exceptuando Cuba y Uruguay. Las mujeres caminan erguidas en este país; no suelen bajar el rostro al ser interrogadas, ni decir “mande” cuando un varón necesita algo. Compiten sin hándicap –esto es, desigualmente, claro- en casi todos los rubros y opinan con energía acerca de los más variados asuntos. Para escándalo de los tradicionalistas, también comentan fútbol.

Falta mucho y mucho es demasiado. Los crímenes estadísticamente bajos son brutales y son, por sobre todo, crímenes que es preciso erradicar. En general trabajan más y cobran menos que los hombres. Sufren agravios callejeros y descalificaciones morales. Son sospechadas cuando ascienden socialmente o crecen laboralmente. Reciben hostigamiento soez que para colmo se pretende elegante en las redes sociales. Son víctimas de violaciones.

Pero el piso que ha logrado la mujer en la Argentina es alto. Más elevado que en el resto del mundo. Es preciso decirlo así para quienes no entienden que la política es comparación continua, con historias propias y presentes ajenos. Lo consiguió luchando y trabajando. Plantándose. A diferencia de las europeas, dependientes del sueldo de sus parejas, las argentinas ponen guita sobre la mesa y por tanto, exigen lo que ese dinero encarna.

Conocen y activan la vida sindical. Se despliegan en la cultura. Brillan en la comunicación. Organizan hogares. Aunque a algunas les siente mejor el lugar de la víctima, necesitamos aclararlo: dicen y hacen. Las mujeres de altísimo poder económico son tan garcas como sus pares varones. Las mujeres de trabajo son tan compañeras como sus pares varones. En el medio, como en todos los grupos humanos, hay mejores y peores. No son mejores ni peores por ser mujeres. Son.

Por eso está buena la marcha convocada bajo la consigna Ni una menos. Es la acción callejera de quien viene creciendo. Es bastante más que la reacción a una realidad injusta: es la determinación de modificar lo que persiste como sedimento conservador sin perder lo conseguido. Se trata de la plasmación de una convicción íntima que resulta de un aprendizaje social: sin avanzar se retrocede.

Como toda lucha en proceso contiene exageraciones y exasperaciones. Inexactitudes y poses. Acusaciones al voleo y reclamos innecesarios. Pero así suele suceder. En todas las batallas. Las patriadas conocidas, lideradas por varones, han estado inficionadas por ese mismo tenor de desviaciones, sólo que orientadas por valores con títulos diferenciados. No más que eso.
Y está buena la marcha, además, porque genera corrosión, incomodidad. Preocupa. ¿Y ahora? ¿Qué quieren estas minas? Pero también, porque genera respaldo de boludones: varones que se lanzan a escribir graves poemas que cantan loas a la femineidad, adoptan una actitud admiradora que deviene, curiosamente en paternalista. No nos gusta el paternalismo: implica que, en su anverso, quien tiene poder físico superior puede fajar al otro/a.

Por eso, que quede claro: el respeto parte del trato de igual a igual. Cuando estamos de acuerdo, lo planteamos. Y si no, no. Los beneficios extra de la subordinación no son nuestro fuerte.

Un machista, como quien esto escribe, se está tomando unos vinos mientras piensa –en una segunda línea de memoria interior- qué día es el partido; carajo se durmió y quería darle y yo escribiendo; ¿no dijo que quería esto, y ahora quiere otra cosa? y encima sintiendo la honda necesidad de aclarar que es partidario de la Tercera Posición, es decir capitalismo muy avanzado y listo.

Puta madre –lindo insulto para una lectura psicológica ¿no?- :
En la cancha se ven los pingos. Y las pingas.
Gran Día, compañeras.
Felicitaciones, de corazón.

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