“Aun quedan muchos recitales más Nano”, por Hugo Presman

Lo dijiste sin anestesia por Facebook que ibas a despedirte en el 2022.

Te escribí cuando cumpliste 61 años cuando se conoció que un cáncer se cruzó en tu camino; y ahora igual que entonces, el mismo nudo se estacionó en mi garganta y en las de muchos. Entonces te dije, con el título “Por muchos cumpleaños más, Nano”:

“No es un cumpleaños más. Algunas células escaparon de la racionalidad que siempre exhibiste y se afincaron en la vejiga. Pero aún en esas circunstancias conservaste la gallardía que ese maldito cáncer desafía. Seguramente, cuando te dieron la noticia, invadido por la angustia pensaste en aquella balada que escribiste: “Pintaron de gris el cielo/ y el suelo, se fue cubriendo de hojas/ se fue vistiendo de otoño”.

“Dijiste en conferencia de prensa: `Lo importante no es lo que te ocurre sino cómo enfrentas la adversidad. Desde hace mucho sé que lo que uno vive es un tiempo muy preciado, valioso y escaso´”. Tal vez recordaste entonces a Antonio Machado: “Todo pasa y todo queda/ pero lo nuestro es pasar, pasará haciendo caminos/ caminos sobre la mar”.

Hoy como hace 17 años, cuando anuncias el retiro, se experimenta la necesidad de pedir un tiempo complementario en el que siga sonando tu voz, que como dice asombrado Ignacio Copani en “Maldito Serrat”, “fue capaz de seducir a su padre ayer, a sus hijas ahora y hasta su mujer se fue detrás de tus palabras”. Queremos que este amor de décadas prosiga con esa voz que es una caricia a los oídos y porque no queremos como en fiesta que “Con la resaca a cuestas/ Vuelve el pobre a su pobreza,/ Vuelve el rico a su riqueza/ Y el señor cura a sus misas.”

Y porque el mañana no debe ser sólo un adverbio de tiempo como alguna vez dijiste.

Sos el más argentino de los catalanes y en el momento de la despedida no se puede obviar el profundo agradecimiento por haber sido la banda sonora de mi vida.

Los que nos enamoramos seduciendo con “Tu nombre me sabe a hierba” o nos hiciste querer a Lucía y Penélope, aquella “con su bolso de piel marrón, sus zapatos de tacón y su vestido de domingo.”

Los que nos hubiera gustado decirle a un amor: “Ay, mi amor/ Sin ti no entiendo el despertar/ Ay, mi amor, Sin ti mi cama es ancha.”

O haber podido susurrarle a mi madre con tus palabras: “No es que no vuelva porque me he olvidado/De tu olor a tomillo y a cocina/ De lejos dicen que se ve más claro…./ Si el horizonte es luz y el rumbo un beso/No es que no vuelva porque me he olvidado/ Es que perdí el camino de regreso”

Los que nacimos en un Pueblo Blanco, donde por no pasar ni pasó la guerra.

Los que aprendimos en la militancia política que “se hace camino al andar”.

Nos enseñaste “Que no es igual quién anda y quién camina” y que “Que no hay que confundir valor y precio” como decía Carlos Marx.

Los que quisimos tener como pareja a una mujer que no se bañara en agua bendita.

Los que teníamos que despedirnos de ella después de practicar el despertar sexual porque la nena tenía que dormir en casa antes de que den las diez.

Los que tuvimos que desensillar las Utopías, en muchos y duros inviernos, guardándola para mejores tiempos.

Los que lagrimeamos con tu Manuel que nació en la España Franquista. Aquel, que nunca nada tuvo, que enterró a su mujer con sus sueños en la tierra del patrón y luego se ahorcó. Dicho con tus palabras: “Le vieron alejarse una mañana/ Del amo era el olivo, donde lo hallaron/ Y la soga de esparto que desataron/ Y el pedazo de tierra donde hoy se pudre/ Y el trigo que en la sierra su tumba cubre/ Le vieron alejarse una mañana/ Le llamaban Manuel, nació en España.”

Los que como en “Disculpe el Señor” sabemos que el neoliberalismo llenó de pobres el vestíbulo de los países enriquecidos porque previamente arrasó con los empobrecidos.

Los que recibimos tu aliento y tu apoyo en los años de plomo, nunca sentimos que estuviste lejos de casa.

Nos acostumbramos a ti como el recodo al camino.

Criamos a nuestros hijos, “esos locos bajitos, cuando se incorporaron a nuestras vidas con los ojos abiertos de par en par, sin respeto al horario y a las costumbres y que para su bien hay que domesticar. A esos que nos empeñamos en dirigir sus vidas sin saber el oficio.” Y dolorosamente comprobamos que tenías razón cuando escribiste: “Nada ni nadie puede impedir que sufran.”

La experiencia nos enseñó que estabas en lo cierto cuando dijiste: “Hoy puede ser un gran día imposible de recuperar/Un ejemplar único, no lo dejes escapar/Que todo en cuanto te rodea lo han puesto para ti/No lo mires desde la ventana y siéntate al festín/Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien/Hoy puede ser un gran día y mañana también”

Los que no nacimos en el Mediterráneo, pero queremos como vos “que si un día para muestro mal viene a buscarnos la parca, entonces que empujen al mar la barca con un levante otoñal y dejad que el temporal desguace sus alas blancas, y a mi enterradme sin duelo, entre la playa y el cielo, en la ladera de un monte, más alto que el horizonte quiero tener buena vista.”

Y porque nuestra adolescencia y nuestra madurez sigan viviendo en tus canciones como tu infancia continúa jugando en las playas del Mediterráneo.

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