Carlos Menem, ex Presidente entre 1989-1999

Carlos Menem, ex Presidente entre 1989-1999


Por: Hugo Presman (conductor de “El Tren”)

Su sentencia a siete años de prisión de cumplimiento efectivo por contrabando agravado, quedó oculta entre un accidente de tren y el crimen brutal de una adolescente. Ese anciano de reflejos lentos, de caminar inseguro, atrincherado en una banca de senador, fue hasta hace una década figura principal de la política argentina. Ganó todas las elecciones en que se presentó, incluso las presidenciales de abril del 2003, pero no se animó a dirimir un ballotage que lo hubiera sepultado políticamente bajo una montaña de votos. Prefirió la escasa recompensa, finalmente un verdadero castigo, de retirarse ignominiosamente invicto, con la intencionalidad que el gobierno de Néstor Kirchner asumiera con la debilidad extrema de un 22% de los votos.

Fue condenado por contrabando agravado en la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia, por contar con la participación de funcionarios públicos y por haber sido cometido por más de tres personas. Una traición inadmisible a Perú que había ofrecido sus pilotos y aviones para combatir en Malvinas. Argentina era garante de la paz entre Ecuador y Perú y le vendió armas a uno de los países en conflicto.

Carlos Menem es un especialista en traiciones y en contrabando. Traicionó al programa que enarboló para llegar a la presidencia basada en el salariazo y la revolución productiva. Enterró las banderas históricas del peronismo, la soberanía económica, la independencia política y la justicia social, y las reemplazó (o mejor dicho contrabandeó) por las neoliberales de la apertura indiscriminada de la economía, la privatización de los resortes básicos, el remate a precio vil de las empresas estatales; fomentó la desindustrialización, la dependencia colonial de los EE.UU a través de la increíble fórmula de “las relaciones carnales”, potenció la ilusión de ingresar a los países del primer mundo por la puerta de servicio, comiendo de las migas del festín de los poderosos y desplegó sus recursos de magia imponiendo la perdurabilidad del empate monetario de la convertibilidad cuyo explosión se produjo durante el gobierno que le sucedió, y que arrojó a la Argentina a su crisis más profunda y dramática.

Desplegaba su afición a los deportes y a la farándula mientras el poder económico era el que gobernaba.

Fue exaltado por los organismos económicos internacionales que lo consideraron su “mejor alumno.”

Su primera campaña electoral de 1989 tuvo como financistas, entre otros, a Libia y Siria. Algunas promesas incumplidas precipitaron posiblemente dos atentados (la embajada de Israel y la AMIA) y tal vez un tercero (el helicóptero en que viajaba su hijo). Y es altamente probable que para encubrir uno de sus delitos, precisamente aquel por el que finalmente fue condenado, se volara la Fábrica Militar de Río Tercero y varias manzanas de esa ciudad.

Político carismático y seductor, hábil y pícaro, determinó la política argentina durante una década, consiguiendo una aplastante reelección cuando los frutos de su política empezaban a exteriorizarse con un 18% de desocupación. La hiperinflación durante el gobierno de Raúl Alfonsín, provocada por un golpe de mercado que precipitó su entrega adelantada de la presidencia; la segunda hiperinflación durante los primeros meses de gobierno del riojano, produjeron una herida profunda en la memoria colectiva que disciplinaron a la sociedad argentina mediante el miedo, y facilitó la implementación de las políticas de ajuste y rediseño regresivo de la matriz económica, vendidas en el envase atractivo de la estabilidad de precios de la convertibilidad. Un miedo que más atrás diezmó una generación en los altares del terrorismo de estado.

Sus 10 años han dejado consecuencias cuya reversión demandará, en el mejor de los casos, medio siglo en muchas de sus consecuencias funestas. Está presente en las líneas férreas levantadas y en los pueblos fantasma; en miles y miles de argentinos convertidos en exiliados económicos; en generaciones de adolescentes que han visto a sus padres impedidos de reincorporarse al sistema productivo, después de haber sido arrojados al mar de la desocupación y de haber perdido sus capacidades profesionales devenidas en obsoletas ante la irrupción de las nuevas tecnologías; en las maquinarias arrumbadas, muchas de ellas vuelta a funcionar en los últimos años; en la oligopolización del mercado en la mayoría de sus ramas; en la desarticulación del estado, revertido luego parcialmente; en el endeudamiento externo a punto de ser una soga permanente en el cuello de la Argentina que se logró desatar mediante la quita y reprogramación concretadas durante el kirchnerismo. Continúa en las propuestas implícitas de los Mauricio Macri, de los Francisco de Narváez, de los Daniel Scioli o los Sergio Massa; en los cultores de la mano dura; en los que sostienen sin afirmarlo porque actualmente es políticamente incorrecto que “achicar el estado es agrandar la Nación”; en los que quieren que el mercado sea el que se encargue de la distribución del ingreso; en los que consideran un gasto a los planes de salud, la educación y la investigación; y sólo una variable de ajuste a los sueldos y las jubilaciones.

Ha sido condenado Carlos Menem, 18 años después de los hechos en los que se lo involucra, en medio del silencio de sus admiradores vergonzosos y la indiferencia de sus víctimas. El que hoy sobrevive es una penosa sombra del que fue en su momento de gloria y de oprobio para el país. Si lo contrario del amor no es odio sino la indiferencia, Carlos Menem ha podido apreciar en vida el veredicto popular sobre su vida, mucho más difícil de levantar que la sentencia judicial.

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