«¡Viva la muerte!», por Hugo Presman

El 17 de julio de 1936 las tropas monárquicas, eclesiásticas y que respondían al feudal poder económico español, se levantaron contra la República. En Salamanca era rector de la universidad Miguel de Unamuno, que en principio apoyó el levantamiento. Pero los sublevados comenzaron la persecución y los vejámenes contra algunos de sus amigos. Así pudo informarse de la detención y posterior fusilamiento de su amigo, el profesor Prieto Carrasco; del ex alcalde de la urbe; del presidente de la Federación Obrera José Andrés Manso; o de su alumno predilecto Salvador Vila, rector de la Universidad de Granada. Como figura eminente en Salamanca, el rector recibió pedidos de ayuda de familiares para que intercediera por la multitud de arrestados.

El 12 de octubre se iniciaban los cursos universitarios con la presencia de importantes figuras de lo que entonces se denominaban las “fuerzas vivas” y que años después Perón las ironizaba como “los vivos de la fuerza”. Entre los invitados estaban la esposa de Franco, Carmen Polo de Franco, el general José Millán Astray, el obispo de la diócesis Enrique Plá y Deniel, el escritor monárquico José María Pemán y el gobernador militar de la plaza. El acto fue transmitido por radio. Los oradores exaltados manifestaban su entusiasmo con la sublevación hasta que en un clima de entusiasmo irrefrenable, aunque no estaba programado, Miguel de Unamuno, que había apoyado el levantamiento, tomó la palabra y entre otras cosas dijo: “Ya sé que estáis esperando mis palabras, porque me conocéis bien y sabéis que no soy capaz de permanecer en silencio ante lo que se está diciendo. Callar, a veces, significa asentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Había dicho que no quería hablar, porque me conozco. Pero se me ha tirado de la lengua y debo hacerlo. Se ha hablado aquí de una guerra internacional en defensa de la civilización cristiana. Yo mismo lo he hecho otras veces. Pero ésta, la nuestra, es sólo una guerra incivil. Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer no es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva (mas no de inquisición). Se ha hablado de catalanes y vascos, llamándoles la antiespaña. Pues bien, por la misma razón ellos pueden decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo Plá y Deniel, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer. Y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñando la lengua española que no sabéis. Ese sí es mi Imperio, el de la lengua española y no… Los abucheos impidieron continuar con el discurso al tiempo que el manco general Millán Astray, en un extremo de la presidencia golpeó la mesa con su única mano y gritó: ¡Viva la muerte! Tres años después la guerra concluyó con el triunfo de los Millán Astray, iniciando el largo período de Francisco Franco. En la España desangrada había triunfado el “!Viva la muerte!”.


PATÉTICAS MISERABILIDADES

Nuestro país tiene una fractura desde su origen. Eso que ligeramente un periodista ultramilitante de Clarín calificó de “grieta”. La fractura atravesada por un odio visceral es tan profunda que incluso no hay un armisticio (salvo uno inicial de un par de semanas) durante una pandemia que tiene arrodillado al planeta. Las críticas de la oposición y de sus personeros mediáticos, omiten la pandemia y se circunscriben a la cuarentena. Esgrimen las libertades individuales sobre la seguridad sanitaria colectiva. Han degradado enormemente las necesarias críticas y puntualizaciones que deben ser propias de una oposición responsable. En el plano político no han dudado en asociarse a delincuentes y defraudadores de Vicentín; o a un cómplice como el fiscal Natalio Nisman, responsable de que la investigación del atentado a la Amia esté definitivamente en punto muerto. Han convocado irresponsablemente a manifestaciones contra la cuarentena en donde un hato de especímenes congelados en la Edad Media se manifiestan contra las vacunas, sostienen que la tierra es plana, y ponen en duda la existencia misma del virus y de la pandemia.

Dirigentes como Mauricio Macri que sin pandemia llevaron el país a una catástrofe, han declarado que “el populismo es peor que el virus”. Y la conversa peronista Patricia Bullrich, funcionaria destacada de gobiernos antipopulares que se compró el papel de Margaret Thatcher del subdesarrollo, ante el recrudecimiento de la primera ola del COVID 19, donde los jóvenes son los más infectados, twitteo: “Los jóvenes son los que tienen la oportunidad de construir el país de la libertad. No tienen por qué cargar con la culpa de las malas políticas del Gobierno Nacional. No se dejen amedrentar, estoy para bancarlos!… El toque de queda debe aprobarse en el Congreso; no es potestad de un monarca. ¿Quiénes pagan el fracaso de la política sanitaria del Gobierno? Millones de argentinos que no pueden trabajar. ¡Otro golpe a los trabajadores!”.

Ante la aplicación de la vacuna Sputnik V, una de las patas de la alianza Cambiemos trasmutada a “Juntos por el Cambio”, la inclasificable Elisa Carrió, denuncia al Presidente de la Nación y al Ministro de Salud por envenenamiento de la población. La denuncia es firmada por la diputada Mónica Frade, abogada de la chaqueña, la que aconsejó en el Congreso, en el mes de octubre, que el gobierno recomiende el uso de dióxido de cloro para combatir el COVID 19, conforme a la experiencia de un intendente de un ignoto pueblito de Bolivia.

Ni hablar de la impunidad verbal de dirigentes radicales como Mario Negri, Alfredo Cornejo, Luis Naidenoff, al lado de los cuales el emblema histórico derechista del partido como Marcelo Torcuato de Alvear parece el Che Guevara.

En nombre de una libertad abstracta proponen un ¡Viva la muerte! concreto.

Queda la sensación que si los bomberos fueran calificados de kirchneristas, estos opositores enceguecidos saldrían a la calle con pancartas: “Somos el fuego”; “No limiten el libre albedrío de los piromaníacos”

El líder popular radical Hipólito Yrigoyen calificaría el comportamiento de sus actuales presuntos seguidores con una expresión lapidaria a la que acudía con frecuencia: “patéticas miserabilidades”

Sostenedores de que sólo ellos pueden vincular el país al mundo, aunque sea de rodillas y por la puerta de servicio, omiten las medidas restrictivas estrictas que se toman en países que siempre son tomados como referentes a imitar: Inglaterra, Francia, Alemania, y el más cercano Chile, donde el toque de queda es estricto y nadie propuso que fuera aprobado por el Congreso.

Bastaría un solo ejemplo de los infinitos que se pueden dar, lo que sucede en EE.UU.

En diciembre acumularon en un solo mes 63.000 muertos de un total de 420.000 que es la cifra a lo que habrán de llegar cuando asuma el nuevo presidente Joe Biden.

En la única guerra que perdieron los norteamericanos, la de Vietnam, (1964-1975), casi 11 años, los muertos de Estados Unidos fueron 58.000.

Es increíble pero cierto: el virus le infringió a la primera potencia del mundo, en un solo mes, más víctimas que en 11 años de una guerra que perdió, sin dejar de arrojar sobre territorio vietnamita más bombas que las tiradas sobre Europa durante toda la segunda guerra mundial.


LA PANDEMIA Y EL OFICIALISMO

Sobre un territorio inexplorado, con pocos libros en los estantes de las bibliotecas, el gobierno se manejó a tientas acumulando algunos aciertos fundamentales y errores difíciles de explicar. Decretó una cuarentena temprana, la que vista con el diario del lunes, se extendió en demasía pero que resultó fundamental para fortalecer un desvencijado sistema sanitario. La extensión de una mal llamada cuarentena que como tal duró entre 30 y 45 días, pasando luego a restricciones a la movilidad y limitaciones totales de algunas actividades, produjo un cansancio y saturación que impide volver a utilizarla en circunstancias que nuevamente lo ameriten. La política de achatar la curva y no de aplastarla llevó a su permanencia prolongada en el tiempo en una meseta alta. El trabajo en conjunto de Capital, Provincia de Buenos Aires y el gobierno nacional, sucumbió en la fractura política y el presidente no se manejó con la diplomacia necesaria para evitar convertir a Rodríguez Larreta en víctima de una recuperación de la transferencia de fondos arbitraria concretada durante la presidencia de Mauricio Macri. El excesivo optimismo oficial en los primeros meses de la cuarentena, desconociendo que en una pandemia no hay triunfadores sino derrotados por un score pequeño o por goleada, fue directamente proporcional a la mucha información de Alberto Fernández y los científicos que lo asesoraban que se convirtieron en estrellas mediáticas en una parte significativa del año, cuando el número de infectados y muertos era pequeño y su casi absoluta desaparición cuando se llegaron en ambos ítems a cifras muy preocupantes.

Como bien sostienen los investigadores Nadia Koziner y Esteban Zunino: “Justo cuando se da el pico sanitario, en septiembre y octubre, surge una agenda mediática pospandémica. Se trata de una agenda mediática que incorpora la pandemia como “normal” y, al mismo tiempo, recupera los temas que son habituales. Llama la atención en esta última etapa que caracterizamos como de “desinformación”, es la que mientras llega el pico de 18.000 casos diarios, se invisibiliza la pandemia como problema público”.

El empresario Claudio Belocopitt, dueño de Swiss Medical Group y accionista de América TV, medio fuertemente opositor, que votó por Macri en el 2015 y 2019 afirmó en Perfil el 10 de enero: “El gobierno contra todas las críticas que recibió, hizo lo que había que hacer”.

El pésimo manejo del velorio de Maradona y la proximidad de la vacuna, produjeron una especie de jolgorio cuyas consecuencias están a la vista. En lugar de presentar la vacuna como una ansiada solución a mediano plazo, se exageró su inmediatez y la necesidad de dar buenas noticias en un año superlativamente olvidable llevó al presidente a precisar cantidades y fechas que no estaba en condiciones de garantizar porque su cumplimiento dependía de los laboratorios. La devaluación de la palabra presidencial es un hecho grave que una vez consumado no tiene retorno.

Un punto fundamental de la política sanitaria oficial es que el sistema sanitario no implosionó, incluso cuando el número de infectados fue tres veces superior a los de Italia en su momento pico, donde el sistema sanitario si implosionó.

La necesidad de cumplir con la fecha prometida de la última semana del año llevó a dejar el flanco expuesto de esperar algunos días más para cumplir con los protocolos necesarios. Se llega a los primeros días del 2021 con un número altísimo de casos que es un rebrote de la primera ola, sin nunca haberla vencido y cuando en el horizonte se espera la llegada de la segunda ola. Una economía que da síntomas de algunas mejorías pero que quedará sesgada si no se logra controlar el avance actual y la llegada del próximo. Los recursos disponibles son menores que los ya usados y la situación social se encuentra en el límite.

Todo eso con los conflictos evidentes que atraviesan al gobierno, que llegó por haber conformado una alianza moderada, pero que es imposible atravesar semejante crisis con moderación y un millón de amigos, al tiempo que una oposición cerril incorpora a su alianza al propio virus, y que a pesar del cataclismo macrista sacó el 40% de los votos.


HERENCIA IDEOLÓGICA

Nada hay de nuevo en una oposición que ha incorporado el virus a su alianza. Es la brutalidad del poder económico en la Argentina, constituida por una clase dominante pero no dirigente y amplios sectores de la población que consideran una penalidad haber nacido en esta tierra y ser algo así como exiliados europeos. Son los herederos ideológicos del fusilamiento de Dorrego, de Rivadavia y Mitre; son los apóstoles y ejecutores de la destrucción de los caudillos del norte que defendieron las artesanías provinciales. Son los responsables de asociarse a los invasores que bloquearon el puerto de Buenos Aires durante el gobierno de Rosas; del genocidio perpetrado contra el pueblo paraguayo. Son los beneficiarios de parte del exterminio de los pueblos originarios; de haber servido de instigadores de todos los golpes militares; de haber bombardeado la Plaza de Mayo matando a 400 civiles inocentes. Son los responsables de haber fusilado a trabajadores en los basurales de José León Suárez; y de que en nombre de la República y la Democracia, haber proscripto la soberanía popular. Fueron los cómplices y beneficiarios del terrorismo de Estado. Si fueron capaces de todo esto y mucho más, con los medios que les sirven y representan y que forman parte del poder económico ¿por qué no van a usar hoy el virus como aliado?

No lo citan a José Millán Astray, pero detrás de cada uno de estos latrocinios, hay un grito asordinado: ¡Viva la muerte!


¡VIVA LA MUERTE!

Después del grito macabro de Millán Astray, retomó la palabra Miguel de Unamuno y dijo: “Acabo de oír el grito de ¡viva la muerte! Esto suena lo mismo que ¡muera la vida! Y yo, que me he pasado toda mi vida creando paradojas que enojaban a los que no las comprendían, he de deciros como autoridad en la materia que esa paradoja me parece ridícula y repelente. De forma excesiva y tortuosa ha sido proclamada en homenaje al último orador, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte. El general Millán Astray es un inválido de guerra. No es preciso decirlo en un tono más bajo. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no se tocan ni nos sirven de norma. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología a las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España nueva, a su propia imagen. Por ello lo que desea es ver una España mutilada, como ha dado a entender.

Este es el templo del intelecto y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. Diga lo que diga el proverbio, yo siempre he sido profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

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