«Pandamias, falacias y mitos», por Hugo Presman

Se interconectan. La pandemia ha desnudado muchas falacias. Y las falacias que son difíciles de destruir se ensañan con la pandemia. Gente presumiblemente inteligente pero obnubilada ideológicamente, confunden la enfermedad con uno de los medios más eficaces para neutralizarla que es la cuarentena. Atribuyen falazmente que el origen de los desastres económicos que origina la pandemia es consecuencia de la cuarentena. Más que ignorancia es la ofensiva brutal de la oposición actual que no absorbió la derrota siendo oficialismo y mientras contaba con todo el apoyo del poder económico y mediático nacional e internacional. Pero, caso único, no logró la reelección para un segundo período.

La instrumentación de la cuarentena puede estar sujeta a discusión acerca de las múltiples alternativas para llevarla a cabo, aunque no hay bibliotecas al respecto y se va aprendiendo sobre la marcha. Hay gente tan genial que presume acertar con las mejores soluciones después de conocerse los resultados de las políticas desarrolladas, como esos hinchas de las tribunas que como espectadores suponen que harían mejores jugadas que los profesionales que están en la cancha.

El conocimiento científico es desigual y combinado, y tiene puntos de contacto con lo que sostenía León Trotsky sobre el capitalismo y su desarrollo con esas características.

El avance científico en medicina es evidente y resulta prudente comparar cifras de la mayor pandemia del siglo XX, la mal llamada fiebre española, cuando el promedio de vida sólo era de 50 años, y la actual del COVID-19, apreciándose rápidamente las diferencias: la escritora británica Laura Spinney en su libro “El jinete pálido. 1918, La epidemia que cambió el mundo”, relata: “La gripe española infectó a una de cada tres personas del planeta, 500 millones de seres humanos. Entre el primer caso registrado el 4 de marzo de 1918 y el último, en algún momento de marzo de 1920, mató entre 50 y 100 millones de personas, o a entre el 2,5 y el 5 por ciento de la población mundial, una variación que refleja la incertidumbre que aún la rodea. Si se compara con sucesos únicos que hayan causado una enorme pérdida de vidas humanas, superó la primera guerra mundial (17 millones de muertos), a la segunda guerra mundial (60 millones de muertos) y posiblemente a ambas juntas. Fue la mayor oleada de muerte desde la peste negra, tal vez de toda la historia de la humanidad”. Recordemos que la peste negra del siglo XIV, entre 1346 y 1353, cobró la vida de aproximadamente 25 millones de personas, un 30% de la población europea.

El COVID-19, desde enero al 21 de agosto ha producido 22.860.184 infectados, 797.105 muertos y 15.515.681 recuperados. Es evidente la diferencia de muertos e infectados entre esta pandemia y la de 1918, aun proyectando el número de muertos actuales a dos años (la duración de la gripe española) se llegaría a alrededor de 3.600.000 muertos. La diferencia abrumadora expresa los enormes adelantos y medios con que hoy cuenta la medicina, con una población mundial que es casi siete veces mayor a la de 1918. Y sin embargo, la cuarentena hoy como en 1918 o hace 2500 años, es el medio más eficaz para evitar la propagación del virus. De ahí sobre el desarrollo desigual y combinado. El politólogo José Nun cuenta en una nota en La Nación del 26 de julio bajo el título de “Tucídides y el coronavirus”: “… En el año 431 AC estalló una larga guerra entre Atenas y Esparta. Tucídides tomó parte activa en ella pero cayó víctima de la plaga que azotó a Atenas en 430 AC, liquidando a una cuarta parte de la población. Sin embargo, logró reponerse y volvió a combatir. Sólo que la flota que comandaba fue vencida y lo condenaron al exilio. Esto le permitió viajar y escribir su monumental Historia de la guerra del Peloponeso, que quedó inconclusa pero lo hizo justamente famoso, dándole razón a su advertencia: «Mi obra no es un texto pensado para satisfacer a un público inmediato sino para durar para siempre». Nos brinda en ella una de las mejores descripciones de una epidemia que se conozca. Al examinar minuciosamente sus síntomas, Tucídides ratifica su aspiración diciendo: “para que los médicos puedan reconocerla si vuelve a ocurrir».

Veamos algunos pasajes de su texto: La gente, nos cuenta, moría como moscas. El miedo al contagio llevó a que nadie quisiera tener a otro cerca. «Algunos escapan de la ciudad y se marchan a sus campos; otros se encierran en sus casas y no dejan entrar a nadie. Todos se rehúyen; su última esperanza es mantener la distancia (…) aun respecto de sus parientes más próximos, sus padres, sus esposos o esposas y sus hijos». Incluso se abandonan los ritos funerarios y los muertos son enterrados o incinerados de cualquier manera… El resultado final de una epidemia puede ser el mismo que el de un terremoto; pero en una epidemia la gente ve cómo avanza la muerte ante sus ojos».

Hemos sido contemporáneos de la pandemia del VIH/Sida que despertó un amplio espectro de prejuicios. Para agregar elementos comparativos con la actual pandemia comparto lo que afirma Peter C Doherty, Premio Nóbel de Medicina y Fisiología en 1966, en su libro “Pandemias”: “Sabemos de la existencia del SIDA desde 1981; para 1983, el virus causante de esta enfermedad debilitante, crónica y letal ya había sido descubierto. Desde entonces murieron más de 30 millones de personas, mientras que actualmente unos 34 millones viven con VIH”.


FALACIAS

La pandemia desnudó falacias de la economía ortodoxa basadas en los conceptos sacrosantos llevados a dogma de la emisión monetaria, el superávit fiscal, la restricción del gasto, el Estado prescindente en economía, el mercado como regulador y distribuidor, los bancos centrales independientes.

En medio de la peor crisis sanitaria y económica de la historia, el Estado fue el bombero que mitigó el incendio mediante una emisión superlativa; el equilibrio fiscal fue desplazado por déficits apabullantes. Sin embargo, la inflación no se disparó como sostienen rutinariamente los gurúes económicos neoliberales. Y a pesar de que el Estado distribuyó importantes subsidios y pagó sueldos de empresas privadas, nadie objetó las ingentes sumas destinadas a combatir la pandemia y de la forma que distribuyó los recursos. Los privados en medio del naufragio tiraron al mar sus dogmas para evitar ahogarse. Pero aún en los barquitos que se bambolean con el tsunami, se preocupan de que cuando todo amaine se vuelva a “aquella normalidad” del Estado prescindente o para levantarle la mano a los poderosos, con el mercado como distribuidor y la desigualdad como hecho natural. Tal vez una parte de la sociedad descubrió tarde y con un alto costo que la salud no es gasto, la educación no es un dispendio, la ciencia no es una beca para vagos. Que los peores pagos, o lo menos valorados en una sociedad crecientemente injusta, son imprescindibles siempre pero aún más cuando todo se da vuelta. En un siglo naciente y desangelado, un virus actúa de cruel justiciero. De recordatorio. De agenda para barajar y dar de nuevo. Aunque es altamente probable que las cartas se acomoden parecidas a como estaban con algunos ligeros cambios.


MITOS

Uno de los mitos más recurridos en la Argentina es el de la “unión nacional”. Se menta el abrazo Perón-Balbín como símbolo de ese mito, cuando en realidad era el intento de un radicalismo alvearizado de castrar las posibilidades transformadoras del peronismo. El conflicto de dos modelos se lo reduce a una grieta que con buena voluntad se puede superar. En medio de la pandemia y de la peor crisis de la historia, aquellos que hoy no tienen la obligación de gobernar porque debieron dejar el gobierno al perder las últimas elecciones, despliegan una oposición feroz. Así no tienen rubor en calificar al aislamiento voluntario como un estado de sitio; a la protección de la salud como una tiranía; o a la crítica a la difusión de pretendidos remedios no comprobados, como un cercenamiento a la libertad de prensa. Incluso la cuarentena como la presentan los críticos es un mito. Salvo en las primeras semanas, siempre se pudo visitar a los familiares, quedando en no hacerlo a la responsabilidad individual, los controles a la movilidad personal fueron laxos, actualmente la mayor parte de las actividades se desarrollan en todo el país. En la Capital, donde se dan las manifestaciones opositoras más fuertes, hay restricciones en el transporte público, en actividades como las gastronómicas, textiles en algunas zonas, y prohibiciones en obras públicas y privadas, en natatorios, gimnasios, espectáculos deportivos, cines, teatros, y empleadas de casas particulares.

Desde el uso del lenguaje del que siempre se apropia el poder económico, un periodista que llegue a coincidir con las líneas más generales del gobierno es tildado de “periodista K”, mientras que aquel que defiende al macrismo y ejerce un feroz antipopulismo, es un periodista independiente o crítico. Si se pasa al plano del poder judicial, al que casi todos coinciden que constituye uno de los déficits más evidentes de la Argentina, los jueces que fallan a favor del poder económico y de los medios hegemónicos de comunicación, se los denomina independientes; y aquellos que se agruparon bajo la denominación de Justicia Legítima son jueces K. La k no implica una identificación sino una descalificación, un demérito.

Se habla de justicia independiente y división de poderes. Ni acá ni en el mundo hay justicia independiente, sino justicia más o menos dependiente. La revolución de 1789 la hizo la burguesía francesa para apropiarse del gobierno, no para compartir el poder, aunque inteligentemente incluyó otros sectores sociales y así poder ampliar su base de sustentación. Se reservó la justicia que siempre es la última trinchera del poder económico. Y no viene del siglo XVIII sino por lo menos de 400 años antes de Cristo cuando el griego Protágoras sostenía: “La justicia es, lo que el hombre rico dice que es”.

Mucha gente apoyó al macrismo bajo la falacia de que quien es rico no necesita robar, que el que viene por fuera de la política no está contaminado, y ser exitoso en la actividad privada es un aval para ser eficiente en lo público. Tres apreciaciones erróneas simultáneamente: no hay fortuna que no se haya forjado con algunas irregularidades o delitos; el que viene por fuera de la política, lo sepa o no, llega con una concepción ideológica y está contaminado por las impurezas de donde emerge y la administración privada es muy diferente de la pública y tropieza con las dificultades que le proporciona sus anteojos, la mayoría de las veces inadecuados para visualizar y ejecutar un escenario muy diferente.


ANTIMITOS

De la crisis del 2001 surgieron claramente dos emergentes, encarnaciones de dos modelos que disputan su supremacía desde el fondo de nuestra historia y que con el correr del tiempo desembocaron para las elecciones del 2019 en “Frente con todos” y “Juntos por el cambio”. El kirchnerismo edificó de la nada, dentro del peronismo y aún enfrentado a algunos de sus sectores, un movimiento ampliamente mayoritario en el 2011, derrotado en el 2015 y 2017 y nuevamente victorioso en el 2019. “Juntos por el cambio” con el núcleo duro del macrismo, edificó más allá de la precariedad elemental de su candidato Mauricio Macri, una carrera meteórica que en cinco años llegó al gobierno de la ciudad de Buenos Aires y en trece al gobierno nacional. Para ello se alió a un partido en caída pero con distribución territorial como el radicalismo y conformó un frente antiperonista que siempre ha garantizado, en las condiciones más adversas, un caudal electoral entre el 30 y 40%.

Esa alianza fue una sociedad fruto de la necesidad en la que mutuamente intercambiaban atributos y carencias: uno tenía capital electoral y territorios sin un candidato electoral competitivo y el PRO, sin territorio más que la capital, tenía los gerentes y el candidato. Una típica sociedad comercial que en algún momento se llamó en el viejo Código Comercial de capital e industria

El kirchnerismo a través de Cristina Fernández, tenía las dificultades de un piso alto y un techo cercano. La ex presidente que no había demostrado grandes virtudes de estratega realizó una gran jugada y sumó la moderación de Alberto Fernández para diluir sus aristas más duras. El éxito dio lugar a un experimento novedoso y potencialmente conflictivo: una vicepresidenta con votos que elige a un presidente con escasos votos. Más allá de las coincidencias y diferencias, en última distancia lo que debería mantener unida esta alianza es que si en algún momento no las une el amor lo haga el espanto de lo que está enfrente.

El sociólogo Guillermo Levy ha caracterizado con precisión la composición de esas alianzas en su libro “La Caída. De la ilusión al derrumbe de Cambiemos” y cómo se alinea ese sector amplio, gelatinoso y fluctuante caracterizado como “progresismo”: “Creo que la fuerza Juntos por el Cambio/Cambiemos tiene vigencia y representa una cantidad importante de demandas de la sociedad civil. Ese 40 por ciento de octubre último no es un capital inamovible pero tampoco fue solamente una coyuntura electoral. Me parece que el éxito de Cambiemos radicó en la sociedad civil, es decir, en la construcción de una marca que articuló a los que añoran la dictadura, hasta los que detestan la política o que tienen una mirada contraria a cualquier regulación estatal, y todo el progresismo antiperonista que no tiene una agenda reaccionaria pero que es profundamente antiperonista. Por primera vez en la historia argentina hubo una marca enorme y súper efectiva desde la derecha para ganar elecciones… Es decir que hay un voto antiperonista que aglutina de diversos sectores: desde una derecha reaccionaria y neoliberal, hasta mucho progresismo antiperonista que no está en contra del aborto, que no reivindica la dictadura, que no tiene una agenda social reaccionaria, que no plantea que haya que bajar la edad de la imputabilidad, pero que es profundamente antiperonista. Y por eso hablo de diferentes progresismos y de la división fuerte del progresismo con el kirchnerismo… En una parte de la clase media tenemos un progresismo que ve en el kirchnerismo la realización de las mejores banderas de la transición democrática en adelante, lo mejor del alfonsinismo, lo mejor de la renovación peronista, lo mejor de lo que intentó ser el Partido Intransigente, lo mejor de lo que intentó hacer el Frente Grande. Y para otro progresismo, el kirchnerismo es un menemismo dos; es la continuación del menemismo con discurso de derechos humanos. En ese sentido hay una barrera que se hizo enorme. Y entonces la mayoría de este progresismo hoy va a seguir votando seguramente por alguna opción que se rearme en torno a lo que fue Cambiemos o Juntos por el Cambio o alguna otra opción que se arme de algún progresismo no peronista pero no creo que vaya a apoyar a este gobierno”.


PIE DE PÁGINA DEL MACRISMO-CAMBIEMOS

El tiempo va revelando que mucho de lo que criticamos del macrismo, su concepción política, económica, cultural e histórica genuflexa, no era fruto de una imaginación calenturienta, sino la quintaesencia de una mentalidad colonial que posa de moderna, bajo el concepto de nueva derecha. Son herederos de los unitarios exiliados en Montevideo del gobierno de Rosas que se unieron a la flota anglo- francesa que sitiaba Buenos Aires. Son los continuadores económicos de la concepción portuaria de Rivadavia. Julio Argentino Pascual Roca, aquel vicepresidente de Agustín Pedro Justo, llegó a decir en Gran Bretaña, en plena década infame que “La Argentina es, por interdependencia recíproca, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Reino Unido.” A su vez un funcionario argentino de los ferrocarriles explotados por los ingleses llamado Guillermo Leguizamón, con título nobiliario de “Sir” redobló la apuesta: “La Argentina es una de las joyas más preciados de Su Graciosa Majestad”

Son los hijos de la Revolución Fusiladora que en 1956 concretó el ingreso de Argentina al FMI. Apenas algunas fotos de un camino ignominioso.

El macrismo es tributario de las políticas entreguistas de la dictadura establishment militar, del menemismo y de la Alianza en democracia. Entender por qué en las negociaciones que sostuvieron con empresas, acreedores u organismos internacionales, no había dos partes sino una sola, permite discernir que en muchos aspectos fue un gobierno que actuaba como delegado de intereses foráneos y privados que echaron el resto para que el peronismo no ganara. Lo ha dicho sin rodeos un hombre del riñón de Donald Trump, el encargado de las relaciones con América Latina de la Casa Blanca, Mauricio Claver-Carone, propuesto por el presidente norteamericano, violando reglas consuetudinarias, como presidente del BID. Con brutal sinceridad expresó: “Ayudamos a Macri y a la Argentina fiscalmente dándoles reservas, fortaleciendo la posición del Banco Central porque preferíamos que gane Macri”. Esto ya estaba en una minuta reservada y con lenguaje aún más explícito, según lo relató el periodista Román Letjman en Infobae donde cita a Claver quien expresó: “Todo lo que hizo Trump en el FMI para ayudar a Macri, fue para evitar que el peronismo regresara a la Casa Rosada”

En las negociaciones llevadas por Nicolás Dujovne con el FMI, el negociador del fondo Roberto Cardarelli no podía evitar la sorpresa según el relato del periodista Alejandro Bercovich: “Nosotros no lo podíamos creer, pero (Nicolás) Dujovne estaba a nuestra derecha. Cuando firmamos el primer acuerdo tratamos de convencerlo de que un control de capitales era indispensable, pero él nos respondió que eso era inconcebible para el gobierno”.

Cuando el gobierno de Alberto Fernández inició negociaciones para renovar el swap con China por 18 mil millones de dólares solicitando al gobierno de ese país que relevara a la Argentina de la supervisión previa del FMI, conforme lo convenido con China en la última negociación realizada por el gobierno de Macri donde se incluyó esa cláusula, el representante chino manifestó su sorpresa porque ellos no tenían ningún inconveniente ya que no la habían solicitado. El gobierno de Macri procedió como aquella fábula del caballo que cita el ensayista Eduardo Grüner, que le arrebata el látigo al dueño y se fustiga a sí mismo, para demostrarle que es libre de elegir su destino.


PANDEMIAS, FALACIAS Y MITOS

Las pandemias son una cachetada a la soberbia humana y al mismo tiempo revela cómo se avanza en forma desigual y combinada. Es un striptease que exhibe lo mejor y lo peor de los seres humanos donde las falacias se desnudan y se ahogan mitos, pero al mismo tiempo como la destrucción creativa de la que hablaba Schumpeter acerca del capitalismo: surgirán nuevos mitos y falacias o aparecerán las antiguas con los mismos o nuevos ropajes. Vivimos lo que es típico de las grandes crisis donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no llega aún a nacer.

Tal vez, como dijo en una ocasión Arturo Jauretche: “Lo actual es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será”.

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