“La soledad en la vida y la muerte”, por Hugo Presman

Todos nacemos acompañados y morimos en soledad. El nacimiento es una celebración, en buena parte un milagro; y la muerte un misterio, la incertidumbre de lo desconocido. Aunque todos enfrentamos a la muerte en soledad, hay soledades incompatibles y crueles con la vida de algunas personas de reconocimiento universal. En estos días todos nos sentimos impactados por la insólita soledad final de Maradona. El hombre cuyo nombre fue un pasaporte universal, un sinónimo de Argentina, que vivió prisionero del peso de una fama incomparable, poseedor de un poder no basado en lo económico ni en la posibilidad de alcanzar un botón nuclear que detonara al mundo, sólo basado en un cariño planetario, murió lejos de sus afectos más profundos, rodeado de una corte incompetente y desaprensiva, más cercano a ser utilizado que comprendido, más esquilmado que cuidado. Nacido en la más profunda miseria conoció los lujos más paradisíacos para morir no pudiendo llegar al baño químico por sus propios medios. El que dispensó alegrías imborrables a millones, pasó sus últimas horas en medio de una depresión profunda sin afeitarse ni bañarse. Si en vida no podía concurrir a los lugares públicos sin ser atropellado por multitudes que lo querían abrazar, sacar una foto o que le firme un autógrafo, en los días postreros por voluntad propia e incompetencia ajena clausuró su vida rodeado de soledad.

El que fue extremadamente generoso en vida manteniendo o regalando ingresos y propiedades a hermanas, sobrinos, hijas e hijos, no alcanzó a divisar a casi ninguno de ellos o ellas en el momento en que la muerte, por undécima vez, vino a buscarlo y ese cuerpo maltrecho ya no podía hacerle una de sus fabulosas gambetas para dejarla desairada, o pasarle la pelota entre las piernas en un túnel inolvidable o burlarse con una rabona, y mucho menos realizar una épica corrida. Sin embargo aún con ese deterioro que le facilitó el trabajo a la parca, se cuenta que antes de llevarlo, la muerte le pidió un autógrafo y que le regalara una camiseta con el número 10.

Las ausencias de tantos cuando Diego entró en la definición por penales, fueron sustituidas, aunque no compensadas, por un velorio planetario. En los lugares más insólitos como en los más conocidos, Maradona le puso su nombre por unos días al planeta tierra. Se volvieron a ver por enésima vez sus genialidades de artista, sus posicionamientos políticos de notable olfato para ubicarse siempre del lado de los más desposeídos, sus salidas ingeniosas, algunas frases memorables, sus caídas profundas, su enorme generosidad con terceros en múltiples ocasiones, los goles en contra que más allá de las críticas lógicas lo convirtieron en el más humano de los dioses. De fondo, la canción de Rodrigo y el prodigioso relato de Víctor Hugo.

El más conocido de los mortales cuando intentó el último dribling a la muerte, estuvo absolutamente solo. No hubo tribunas que lo vitorearan, ni siquiera una enfermera que lo auxiliara. Ninguno entró a la cancha, todos se quedaron en los vestuarios.

Maradona quedó solo horas o días. En cambio sus denostadores, esos que no entienden a los fenómenos populares, estarán aislados no sólo cuando mueran sino en su itinerario en la vida.


SOLEDAD EN LA VIDA PRIVADA

Juan Domingo Perón fue amado por multitudes y esperado su regreso durante casi 18 años en los que permaneció proscripto. A muchos contemporáneos de esa época les parecía casi imposible su retorno ante el conglomerado de fuerzas económicas y sociales que lo habían expulsado. Sin embargo los sectores populares nunca perdieron la esperanza del mítico avión negro. Ese hombre amado y esperado por millones, muchas veces sufría la soledad en el interior de su casa de Puerta de Hierro. El periodista e investigador Marcelo Larraquy en su biografía de José López Rega, cuenta lo siguiente: “López Rega se convirtió en su secretario privadísimo y en un servil lacayo del General, que lo despreciaba, lo maltrataba, desconfiaba de él. López Rega no sólo aguantó todo sino que hacía lo que nadie se atrevía, gracias a lo cual conoció las debilidades del mito argentino que regresaría algo más que descarnado a la Argentina para morir no bien comenzado su tercer y último mandato presidencial. Por ejemplo: Operado de próstata, Perón continuaba sufriendo tremendos dolores que se atenuaban, apenas, con masajes. López Rega le masajeaba la próstata cuando encontraba al General dolorido en su estudio. Ya convertido en su secretario privado, López Rega e Isabel le propinaban castigo en el sitio donde más le dolía cuando se enojaban con el veterano caudillo: la soledad. La Señora y el Brujo se encerraban en el cuarto de ella, en Puerta de Hierro, por horas y hasta días enteros, y dejaban a Perón solo, en manos de los otros sirvientes. Perón, angustiado, subía hasta el cuarto a pedirle a Isabelita que volviera a acompañarlo en la mesa.”

Multitudes afuera, soledad adentro. La historia sin edulcorantes.


SOLEDAD EN LA MUERTE I

Fue y es una figura mundial. Su efigie está en las banderas rebeldes de cualquier conflicto. Fue el segundo hombre de la Revolución Cubana. Como Presidente del Banco Nacional firmaba los billetes como CHE. Desapareció de Cuba con una carta conmovedora de despedida, escrita después de su fracasada experiencia africana. Aunque entregada a su destinatario el 1 de abril, ésta -escrita sin fecha- se haría pública en el momento que se considerara más oportuno. Fue Fidel el encargado de leerla. Y lo hizo el 3 de octubre de 1965, durante su discurso pronunciado en el acto de presentación del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, en el Teatro Carlos Marx de La Habana

Año de la Agricultura”

“Habana

“Fidel:

“Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria. Hoy todo tiene un tono menos dramático porque somos más maduros, pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la Revolución Cubana en su territorio y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo que ya es mío. Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del Partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de Cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos.

“Haciendo un recuento de mi vida pasada creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el triunfo revolucionario. Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en tí desde los primeros momentos de la Sierra Maestra y no haber comprendido con suficiente claridad tus cualidades de conductor y de revolucionario. He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe. Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días, me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios. Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de separarnos. Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y de dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos… y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo donde quiera que esté, esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura. “Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para tí. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo al que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra Revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario Cubano, y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena: me alegra que así sea. Que no pido nada para ellos pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse. “Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias, las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas. “Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte!

Te abraza con todo fervor revolucionario. Che”

A su vez la carta de despedida del Che a sus hijos dice: “A mis hijos Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto: Si alguna vez tienen que leer esta carta, será porque yo no esté entre Uds. Casi no se acordarán de mí y los más chiquitos no recordarán nada. Su padre ha sido un hombre que actúa como piensa y, seguro, ha sido leal a sus convicciones. Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario. Hasta siempre hijitos, espero verlos todavía. Un beso grandote y un gran abrazo de Papá.

Es fácil imaginar la soledad en la que el Che escribió estas cartas con la alta probabilidad de su muerte cercana. Su detención se concretó en un lugar perdido de Bolivia, en un callejón sin salida. Descalzo, desharrapado, con muchos kilos perdidos, el Che herido se aprontó a morir en soledad. Ese hombre derrotado por personajes muy menores, estaba a punto de convertirse en un mito en medio de una profunda soledad. En el prólogo al “Diario del Che en Bolivia” escribió Fidel Castro: “Se ha podido precisar que el Che estuvo combatiendo herido hasta que el cañón de su fusil M2 fue destruido por un disparo inutilizándolo totalmente. La pistola que portaba estaba sin magazine. Estas increíbles circunstancias explican que lo hubiesen podido capturar vivo”.


SOLEDAD EN LA MUERTE II

Maradona lo llamaba sandwichito “porque siempre estaba cerca de la torta”. Fue el periodista más poderoso durante cerca de tres décadas. El único que llenó una plaza, la plaza del SÍ en apoyo a Carlos Menem. Fundamental en pavimentar periodísticamente el terreno para las privatizaciones de los noventa, Bernardo Neustad fue durante mucho tiempo un sello del periodismo radial y televisivo con frases tan penetrantes como falaces. Inventó a doña Rosa y abrió un teléfono para convencer que adentro no estaba la soberanía. Muletillas como “No me dejen solo” o “Terminé”, se hicieron populares.

Forjó una fortuna, entre otros recursos, con “estas empresas a las que les interesa el país”. Cuenta María O’Donnell en un libro de reciente aparición, “Periodismo. Instrucciones de uso. Ensayos sobre una profesión en crisis”, con prólogo y selección de Reynaldo Sietecase: “El auspicio se contrataba directamente con Neustad y a un valor fijo, 3000 dólares (entre 12 mil y quince mil dólares al mes), durante la convertibilidad”. Acoto: por empresa y eran alrededor de una docena.

Ese hombre influyente, poderoso, murió como Maradona en extrema precariedad en medio de una mansión. Esto publicó a un año de su muerte el editorial Perfil del 12 de junio del 2009: “El aniversario, en realidad, era el 7 de junio, precisamente el Día del Periodista. Ese domingo, la tumba de Neustadt amaneció con un gran ramo de rosas y un pequeño bouquet de otras flores. Pero no hubo visitas especiales, ni formales recordatorios. “No me dejen solo…”, flotó a lo lejos, como si el frío viento que soplaba por Pilar se hiciera eco de aquella sellada frase suya. Mientras los rumores se mezclaban con la fría brisa invernal.”

La mansión “Tiempo mío” en Martínez, valuada en 800.000 dólares (hoy propiedad de Díaz Pavicich, que inició la sucesión a 23 días de la muerte de su esposo), sumas de dinero depositadas en cuentas bancarias, la casa “Mi delirio”, en Punta del Este, cotizada en 3 millones de dólares (también en poder de su última mujer), el departamento de “Majestic”, en Miami, cuyo costo sería de un millón trescientos mil dólares, las oficinas en Puerto Madero (que él habría comentado su deseo de dejárselas a Clara Mariño, quien fuera su mano derecha durante muchos años), cotizada en alrededor de cuatrocientos cincuenta mil dólares (estas dos propiedades se habrían vendido antes de la muerte del periodista), las acciones de FM Milenium, de alrededor de trescientos mil dólares (dicen que se habrían perdido por un mal manejo financiero), aseguran fuentes cercanas que serían parte de la herencia. Semejante fortuna en danza, no tardó en despertar algunas sospechas que, según algunas versiones de su más íntimo círculo, apuntaron sus misiles hacia la viuda. La sensibilidad en la que sume el incontenible dolor ante la ausencia de un amigo, llevó a algunos de sus seres queridos a unir viejas anécdotas que cada uno recordó por su lado. Como aquella en 2007, cuando Neustadt había rodado por las escaleras de su casa en Punta del Este. Según cuenta una fuente que prefiere por ahora mantenerse en segundo plano, al ser internado en el Cantegrill, habría pedido a uno de sus colaboradores personales que le revisara la espalda. “Quiero saber si tengo alguna marca -habría solicitado Neustadt-, a lo que su interlocutor sorprendido habría preguntado: “Señor, ¿acaso Ud. sugiere que lo golpearon? Porque sí, tiene una mancha morada en su espalda”. Otro de los datos que no convencería al entorno del periodista, fue “el repentino y casi secreto casamiento con Adriana, una mujer treinta y ocho años menor que él. Al que no asistió ninguno de sus amigos. Bernie era un más que atractivo partido para cualquier mujer, ya que no tenía herederos”. Más tarde, todos coincidirían en un íntimo y enumerado punto de confesiones. Dentro de las que también alguien se animó a sumar un importante dato: “La salud de Bernardo no era la mejor. Debía tomar unas pastillas sublinguales para su corazón. Él las llamaba ‘mis pastillas salvadoras’…

Increíblemente se comenta en su círculo más íntimo que sus últimos días los habría transcurrido solo, sintiéndose en un total abandono. “El último tiempo vivían separados. Ella de a poquito fue sacando del hogar todas las cosas de valor y mudándolas a su nueva casa, ubicada en el country Mayling Club de Campo, en Pilar. Visitando a su marido sólo los fines de semana. El único afecto que le quedaba, era el de sus amadas mascotas, el Yorkshire Amore, que fue dado en custodia a su última secretaria, María Montesó y cuatro doberman que fueron regalados a una familia de Pilar.

‘No tengo más plata para ocuparme de los perros y de vos yo sola, por eso los tuve que regalar’, habría increpado a su marido, produciéndole el último gran dolor directo al corazón. Y en sus pocas últimas comunicaciones con algunos amigos, les repitió angustiado, tengo hambre y nadie me da de comer… Lo más doloroso es que Bernie pasó sus últimos días de vida como un pobre, siendo millonario”, concluye una de las tantas fuentes consultadas. La misma que devela que días antes de su fallecimiento, Bernardo habría llamado a su ex Claudia Cordero Biedma pidiéndole por favor que lo llevara a comer milanesas”

Es el hombre que premonitoriamente en vida pedía que no lo dejaran solo.


LA SOLEDAD EN LA VIDA Y LA MUERTE

El abandono y la soledad de dos adversarios inclementes, tan diferentes y tan parecidos en la soledad de la muerte como Maradona y Neustad. La soledad privada de Perón, protagonista eterno en su vida pública de un baño de multitudes y la soledad y el abandono del Che en un paraje perdido de Bolivia.

Todos nacemos acompañados y morimos en soledad. El nacimiento es una celebración, en buena parte un milagro, y la muerte un misterio, la incertidumbre de lo desconocido.

Tal vez, con la experiencia de la muerte de los protagonistas mencionados, habría que reformular la ironía del genial humorista judío norteamericano Woody Allen, con manchones enormes en su vida privada: “No le tengo miedo a la muerte, pero no me gustaría estar ahí cuando llegue. Cuando finalmente me ubique y no la logre seducir ni reír con mi último chiste, que me encuentre acompañado”

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