El populismo desnuda a los intelectuales del sistema

América Latina unida para seguir construyendo

América Latina unida para seguir construyendo

Por: Hugo Presman – Conductor de El Tren

El establishment lo detesta. El imperialismo, en palabras de George W. Bush, lo ubicaba apenas un escalón por debajo del terrorismo. Los diarios del sistema lo descalifican por irracional y demagógico. Los gestores de negocios disfrazados de economistas lo consideran poco serio por tener la mala costumbre de distribuir hacia abajo cuando en su lógica lo único científico es distribuir hacia arriba.

Las izquierdas latinoamericanas que no comprendieron la cuestión nacional de los países dependientes o semicoloniales lo critican por sus limitaciones. El populismo sepultado en los 80 y 90 ha renacido desde hace una década, o un poco más en algunos casos, después que durante el período neoliberal se ejercitara la economía “científica”, el neoliberalismo salvaje, con libreto del Consenso de Washington, con aplicación disciplinada de las recetas de los organismos internacionales, con inspiración teórica de la Escuela de Chicago.

Si para John William Cooke, “el peronismo fue el hecho maldito del país burgués”, hoy podría extenderse el concepto sosteniendo que el populismo es el fantasma que recorre la fragmentada nación latinoamericana y le arruina la digestión al poder continental.

El populismo desnuda a los intelectuales “progres”, a los pensadores superficiales, a los periodistas que se consideran fiscales y protagonistas. Los descoloca, los incomoda y como es tumultuoso, desordenado, poco convencional en las formas, se quedan con la anécdota que los perturba, mientras las transformaciones desaparecen de su ángulo de observación.

Para ejemplificar lo afirmado, tomaré los casos del escritor y periodista de la Nación Jorge Fernández Díaz, el escritor nicaragüense y ex vicepresidente de su país Sergio Ramírez y el español licenciado en filosofía Fernando Savater.

JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ

Como escritor ha producido buenos libros como “Mamá. Una historia íntima”, “Fernández”, “La Logia de Cádiz”, “La hermandad del honor”, “Las mujeres más solas del mundo” entre otros.

Su exitosa carrera periodística transcurrió en lugares donde es difícil salir indemne: fue subdirector de dos productos de la abyecta editorial Atlántida: “Somos” y “Gente”; subdirector del diario Perfil en su primera etapa, que tiene como slogan “Periodismo Puro”; director de la revista Noticias de la misma editorial; secretario de redacción del diario La Nación; director de ADN (suplemento cultural del diario); y acaba de integrarse al equipo radial de Jorge Lanata en Radio Mitre, una de las patrullas del periodismo militante del grupo Clarín. Intenta ser equilibrado, pero con esa trayectoria y en esos medios su intento naufraga rápidamente. Su discurso moralista lo realiza desde las páginas ensangrentadas de La Nación. Hablar de republicanismo y división de poderes, de democracia y derechos humanos, de ética y moral desde “La tribuna de doctrina”, es como predicar la virginidad en un prostíbulo. En su columna editorial del domingo 6 de enero, bajo el título “Jugando a la revolución en democracia”, escribió: “Néstor Kirchner, en presencia del periodista Martín Granovsky, quiso un día ser didáctico y reveló con una mímica toda su estrategia. Fue cuando colocó el canto de su mano cerca del borde de la mesa larga de reuniones, en su despacho de la Casa Rosada. Escribe Granovsky: «¿Ves?, decía y movía la mano para adelante y para atrás. A la Argentina se la puede gobernar si uno se pone acá (el filo). Pero en el borde, ¿eh? Si te pasás y te caés del borde, eso no es democracia. O te caíste solo y te quedaste sin la gente. Ahora, si no trabajás en el borde no hacés nada. En este país para que las cosas mejoren un poquito más hay que aplicar la misma energía que poníamos cuando pensábamos que íbamos a hacer la revolución».

Es interesante ese equilibrio, porque le permitió correr los límites de la política sin precipitarse en el autoritarismo. En cambio, este kirchnerismo de segunda generación, que quiere realizar con el peronismo muchos de los sueños que no pudo concretar a través del socialismo real, amenaza ahora ir por todo y cruzar esa línea que Kirchner cuidaba.

Esos nuevos revolucionarios de café viven en Puerto Madero y pululan por Palermo Hollywood. Debe de ser tan placentero posar como «revolucionario» kirchnerista en Honduras y Fitz Roy. Allí me cruzo siempre con funcionarios nacionales, orgullosos de encarnar sin riesgos la épica del pueblo peronista. Que está muy lejos de esas calles, hundido en sus trabajos mal pagos y luchando contra la inflación, o intentando vivir de la dádiva oficial. Pero los funcionarios son pobristas vintage y andan por Palermo sacando pecho y hablando de la revolución nacional. El otro día me detuve frente a un restaurante cuyo nombre sintetiza esa nueva tilinguería kirchnerista. «Chori and Wine», se llamaba. ¿No es precioso? ¿No es al cristinato lo que la «pizza con champán» fue para el menemismo?

Para los militantes del «chori and wine» la palabra «republicano», por la que murió mi abuelo en la Guerra Civil Española, resulta vomitiva, sinónimo de despreciable, de contrarrevolucionario, de decadente. La influencia de Laclau y de su esposa Chantal Mouffe, quienes recomiendan «latinoamericanizar Europa» para salvarla y erigen desde Londres a Venezuela como modelo mundial, sólo sirvió para certificar académicamente un giro antidemocrático. Ese giro se hace en nombre de la política, pero en realidad viene a devaluarla. Puesto que no puede concebirse una política que no prevea alternancia, discusión interna, negociación y parlamentarismo en serio. Ese sistema no es político sino hegemónico. «Un sistema hegemónico de dominación», como describía al PRI Octavio Paz. El populismo llega precisamente para destruir a la política y quitarle todo poder simbólico y concreto. Donde un líder único tiene el monopolio del poder no hay política: hay obediencia y militantismo seudorreligioso.”

Intentar ser progresista y republicano desde un puesto jerárquico en el diario que apoyó todos los golpes de estado, que fue cómplice del terrorismo estatal, cuyo fundador es el perpetrador del genocidio paraguayo y del asesinato de caudillos populares, el diario que canjeó negocios por silencio y es un deudor impositivo del Estado, es mucho más contrastante que “esos nuevos revolucionarios de café viven en Puerto Madero y pululan por Palermo Hollywood.”

El populismo en la medida que intenta un desarrollo capitalista con mejoría sustancial de la distribución del ingreso, con legislación social protectora para los sectores populares, con limitaciones del mercado por una presencia mucho más activa y potente del Estado, con política exterior soberana, con recuperación de resortes fundamentales de la economía, pone a la política en primer plano. En la medida que afecta intereses, divide a la sociedad y la politiza. Donde Fernández Díaz ve destrucción porque no se respeta la hipocresía de los falsos diálogos y consensos, hay un reverdecer de la política.

Sus protagonistas suelen ser contradictorios, como los actores de todos los procesos históricos tumultuosos.

Las instituciones que invocan los que nunca la han respetado, no son otra cosa que la cristalización de una relación de fuerzas en un momento dado. Todo proceso de cambio implica que las mismas reflejen la nueva relación de fuerzas. Sólo en sociedades en que un sector de la misma ha obtenido un triunfo definitivo y tiene un proyecto que incluye a la mayoría, han cristalizado las instituciones y las mismas no se discuten. No es el caso de nuestro país donde hay un equilibrio inestable entre dos modelos en pugna, uno de los cuales es el que defiende La Nación, vinculado al modelo primario exportador prolongado en el de rentabilidad financiera que impusieron la dictadura y el menemismo, prolongado en el gobierno de la Alianza.

Cuando Kirchner sostenía: “Ahora, si no trabajás en el borde no hacés nada.”, significa la posibilidad de ir a lo máximo posible conforme a la relación de fuerzas de un proyecto reformista que no es una revolución pero que es vivido como tal por los medios donde trabaja Fernández Díaz y que insólitamente éste parece no darse cuenta, o simula hacerlo para no tener que confrontar el discurso con la tribuna cloacal desde donde lo hace. El periodista mitrista señala las limitaciones del kirchnerismo, lo corre por izquierda, mientras que cada línea editorial del diario o la radio se opone a todas las medidas transformadoras. Cumple así Fernández Díaz el pretendido papel de ser la izquierda del diario centenario, el equivalente al policía bueno de un interrogatorio ilegal, al oxímoron de pretender ser algo así como el ala “progresista” del “Tea Party” norteamericano.

Claro que hay farsantes e impostores dentro del kirchnerismo, pero a pesar de ello la Argentina de hoy es muy diferente a la que La Nación apoyó y que implosionó en el 2001.

Y si esa transformación sería insustancial, como intenta explicar el improvisado analista, su empleador estaría apoyando al gobierno y no oponiéndose diariamente en forma pertinaz.

Los columnistas estrellas de La Nación hablan impúdicamente de ser medios independientes, como contrapartida profesional del periodismo militante. No hay periodismo más militante que el de La Nación a lo largo de sus 143 años, al punto tal que uno de sus directivos Claudio Escribano llegó, el 5 de mayo del 2003, a proponerle una serie de medidas al presidente Néstor Kirchner, que aún no había asumido, bajo el ultimátum que de no cumplirlo, la Argentina se habría dado un presidente por un año. Nunca leí que el periodista “independiente” Fernández Díaz se pronunciara sobre esta exteriorización de periodismo profesional e independiente. Y es interesante consignar que el santacruceño no aceptó ninguna de las imposiciones e hizo lo contrario.

Como un mal prestidigitador Fernández Díaz traslada el escenario a la Guerra Civil Española y confunde los tantos. Aunque las comparaciones son cuestionables, las posiciones del kirchnerismo hoy y del peronismo histórico ayer, estaban mucho más cerca de las medidas adoptadas por la República Española que de la propuesta monárquica de Franco.

Tendenciosamente o tal vez más grave por ignorancia, escribe: “Los nacionalistas se decían a sí mismo «nacionales». Los «nacionales» vencieron con las armas a los «republicanos», e impusieron un sistema despótico con un líder absoluto. En la Argentina no estamos en presencia de un franquismo izquierdista, ni de una dictadura militar. Pero las ideas fuerza que chocan no son, al fin de cuentas, tan distintas. No importa si ahora los ropajes son progresistas o marketineramente izquierdosos; cuando se lleva el concepto «nacional» hasta las últimas consecuencias, cuando «se va por todo», la República pierde como en la guerra.”

Nada hay de común entre los republicanos españoles y la bandera de “la república en peligro” enarbolada por los que la han violado sistemáticamente. Escribe el autor de Mamá: “La palabra «republicano», por la que murió mi abuelo en la Guerra Civil Española, resulta vomitiva, sinónimo de despreciable, de contrarrevolucionario, de decadente.” Tiene razón Fernández Díaz, pero con una pequeña aclaración: dicha expresión resulta despreciable enarbolada por medios y protagonistas políticos que sólo la recuerdan cuando las mayorías populares tienen un gobierno que las representen.

Es posible que al editorialista de La Nación haya proyectado en otro periodista que no menciona, un espejo en el que se encuentra reflejado, cuando dice: “Un periodista sin preparación política”.

SERGIO RAMÍREZ

El ex vicepresidente de la revolución sandinista, autor entre otras novelas de “¿ Te dio miedo la sangre?” y “Margarita, está linda la mar”, reconvertido en columnista de La Nación de los días sábados, escribió el 13 de enero: “Donde discrepo con el presidente Mujica, a quien admiro, es en su juicio acerca del origen del caudillismo que se basa en el apoyo de las fuerzas armadas y de las masas populares. Ese tipo de caudillismo no nació en el Caribe revuelto, sino muy cerca de Uruguay, al otro lado del río de la Plata, en la Argentina, con el advenimiento de la figura del general Juan Domingo Perón, quien empieza a escalar posiciones de poder a raíz del golpe de Estado de 1943, cuando convirtió una oscura dependencia, el departamento de Trabajo, en su plataforma populista para alcanzar su primera presidencia en 1946.

Las historias del general Perón y del coronel Chávez son muy parecidas. Conspiraciones dentro del ejército, golpes de Estado, contragolpes, uno y otro prisioneros, uno y otro sacados de la cárcel en medio del fervor popular, elecciones y reelecciones; pero este artículo no trata de sus vidas paralelas, sino del fenómeno del caudillismo populista, que nació en el Cono Sur y no en las tradicionales repúblicas bananeras del Caribe, donde, claro, hubo en los años de la Guerra Fría, y desde antes, numerosas dictaduras, pero los caudillos eran de otro corte, Trujillo, Somoza, Batista, Pérez Jiménez. Era una fauna de «hombres fuertes», según el eufemismo escogido entonces por la prensa de los Estados Unidos para nombrarlos, que no escatimaban la represión más violenta, asesinatos, cárcel, tortura, mientras Washington miraba hacia otro lado. Todos provenían de golpes de Estado, y gozaban del apoyo de las fuerzas armadas, pero no tenían arraigo en las masas, como Perón, y tampoco gobernaban con la mano abierta para repartir dádivas, techos de lámina, bonos a los empleados públicos, paquetes de alimentos, máquinas de coser, bicicletas, sillas de ruedas, juguetes a los niños, vestidos de primera comunión, una manera espuria de lograr la adhesión popular, que con el tiempo llega a rendir óptimos frutos.”

Un poco más adelante y exhibiendo un desconocimiento inconcebible en quien protagonizó un proceso revolucionario consignó: “La dádiva, como fundamento social y psicológico del populismo, la inventó Perón junto con su esposa, Evita, en una Argentina entonces dueña de recursos cuantiosos, con las reservas en oro más altas del mundo……..”

El peronismo histórico ha sido el populismo que llegó más lejos en sus transformaciones. Sus avances en salud se anticiparon en más de una década a lo que hizo más tarde Cuba. La legislación laboral, la dignidad concedida a los trabajadores, su participación nunca igualada en la distribución del ingreso, la política exterior soberana, la recuperación de los resortes básicos de la economía, no fueron dádivas sino expresiones concretas de una política revolucionaria en el marco de un nacionalismo burgués.

La nota concluye con un acierto que es al mismo tiempo una medida de su incomprensión de los populismos latinoamericanos: “Pero el peronismo como tal, esa extraña amalgama de concurrencias ideológicas y sentimentales, y no pocas veces esotéricas y religiosas, una devoción que se hereda de padres a hijos, sigue vivo, como sin duda seguirá vivo por muchos años el chavismo, mientras haya quien recuerde quién le regaló su primera bicicleta o su vestido de primera comunión.”

Obviamente los necios e insensibles que nunca tuvieron necesidades ni sufrieron hambre, no podrán comprender que aquellos que jamás tuvieron nada y ni siquiera recibían las migajas del festín de los poderosos, mantengan indeleble su agradecimiento eterno hacia quienes lo reconocieron y en el marco de políticas de reparación social recibieron “su primera bicicleta o su vestido de primera comunión”.

FERNANDO SAVATER

Prolífico autor, tuvo su cuarto de hora en nuestro país durante el menemismo. Es una mezcla potenciada y mejorada de Jorge Bucay y Alejandro Rozichner. En esos años tuvieron inserción sus libros “Etica para Amador” y “Política para Amador”.

En Clarín del 6 de enero y bajo el título de “El populismo es una caricatura de la democracia” escribió: Algunos han dicho –yo, sin ir más lejos- que el populismo es la democracia de los ignorantes: añadamos, para ser justos, que es también la democracia de los decepcionados .”

“El populismo es el sueño de una democracia sin trabas ni remilgos, un sistema instantáneo en el que la voluntad generosa y solidaria del pueblo se realizase sin interferencias. Pero lo malo es que precisamente son las trabas (es decir, los procedimientos, garantías y contrapoderes) los que constituyen la democracia, mientras que la pretensión de que hay una sola voluntad popular (y que por tanto lo que piense cada ciudadano es irrelevante o nocivo salvo que coincida con ella) es la negación misma del sistema democrático.”

“Actualmente las instituciones democráticas dejan insatisfechos a los ciudadanos en bastantes países europeos y por tanto el populismo gana terreno en ellos, como viene ocurriendo una y otra vez en América latina.”

Savater no crítica al populismo real sino que lo caricaturiza para luego embestir contra su falsificada caracterización. Por eso afirma: “…pretensión de que hay una sola voluntad popular (y que por tanto lo que piense cada ciudadano es irrelevante o nocivo salvo que coincida con ella) es la negación misma del sistema democrático.” Al español le resulta incomprensible el concepto de soberanía popular. Como si fuera un gurú económico sostiene: “Mientras continúe el desasosiego laboral y los recortes en servicios públicos, la tentación populista seguirá activa. Y los ciudadanos tendremos que acostumbrarnos a vivir en peores condiciones políticas.” Irreductible a comprender lo que sucede en su propio país, parece adherir a las políticas -no precisamente populistas- que han llevado a la actual situación dramática con record de desocupados.

EL POPULISMO DESNUDA A LOS INTELECTUALES DEL SISTEMA

El progresismo de ciertos intelectuales queda desnudo ante las políticas populistas y no hay fotoshop que mejore su imagen en el espejo. Dos frases reflejan su anorexia intelectual: una es la de Williams James, el hermano de Henry, autor éste último, entre otras obras importantes de “Otra vuelta de tuerca” y “Las bostonianas”: «Un gran número de personas imaginan que están pensando, cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios.»
Otra es la del escritor italiano Cesare Pavese: “Hay momentos en la historia que los que saben escribir no tienen nada que decir y los que tienen algo que decir no saben escribir”

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