El Peque ve venir la pelota. Coloca el cuerpo armoniosamente y pega con elegancia un drive paralelo a la raya. Corre hacia la red para presionar a su adversario. Siente que en esa corrida lo acompaña su bisabuelo Abraham que también corrió en forma dramática. Para ser preciso, su bisabuelo se llamaba Abraham Tuchsznaider. El que era trasladado a un campo de concentración en un tren en su Polonia natal, donde había nacido en 1900, cuando el transporte descarriló. Se arrojó de la formación con tres amigos y confió que las piernas lo alejaran de un destino que parecía inexorable. Corrió durante horas, atravesó un bosque, y se refugió en las montañas. Milagrosamente halló un documento perdido a nombre de Moisés Naselzky. Bajó de las montañas cuando consideró que el mayor peligro había pasado y sorteando inconvenientes se subió a un barco, con sus tres amigos que saltaron juntos del tren hacia la muerte, y emprendieron el largo viaje rumbo a la Argentina. Vivió unos días en el Hotel de los Inmigrantes y luego se radicó en Villa Crespo.

Diego, EL PEQUE, Schwartzman retrocede ante el globo del adversario. Corre hacia el fondo, y hace la gran Willy, aquella jugada que realizó y lleva su nombre Guillermo Vilas, pasando la pelota entre sus piernas. Una curiosidad: él y el mejor tenista de nuestra historia nacieron en el Instituto del Diagnóstico.

El Peque se queda en el fondo de la cancha esperando la respuesta de su contrincante. Su bisabuelo esperó a su mujer Sara Buchbinder y su hija Olga, durante dos años, mientras se dedicaba al comercio. Tuvieron tres hijas: Aida, Julia y Celia. Falleció el 2 de marzo de 1983, cuando el país empezaba a dejar atrás su noche más negra, el tiempo de noche y niebla de la dictadura establishment-militar.

El Peque adivina la devolución del adversario y avanza hacia la red. La pelota viene alta y la agarra de volea. Apenas siente el impacto contra el encordado presiente que ganará el tanto. Y así es. Abraham desde el cielo, piensa, está celebrando. Ganó el set. Ahora le toca sacar.

A la pelota la tira hacia arriba y le pega con fuerza. Es un saque que corresponde a su ubicación entre los 9 mejores del mundo. La pelota cae en el rectángulo correcto y recuerda: Nada menos que el 16 de junio de 1955, un día nefasto, se casa Celia, la hija menor de Abraham, con Mauricio Daiez. Tuvieron una exitosa fábrica de tejidos en Villa Lynch y tres hijas: Clarisa, Silvana ( la madre del Peque) y Alejandra. Eran prósperos y vivían bien Pero en 1960,el establecimiento industrial se incendió, y la miseria y la escasez los cercaron. En esa situación, Daiez entro en una depresión profunda y Celia se puso al frente de la situación.

Silvana, su madre, se casó con Ricardo Schwartzman. Tuvieron tres hijos Andrés, Natalí y Matias. Tenían un negocio de bijouterie e indumentaria. Les iba muy bien y sus hijos practicaban deportes en Hacoaj hasta que la crisis de los noventa los dejó prácticamente en la calle. Los acreedores venían y se llevaban las cosas y Silvana para disimular antes sus hijos decía que las estaban regalando. En ese contexto Silvana quedó embarazada de Diego, habiendo quedado sin Obra Social. Cuando les comunicó a sus tres hijos la llegada de un hermano, estos le dijeron: “Queremos un perro, no un hermano”

Ricardo Schwartzman siempre fue un buscavida, traducido a la terminología moderna, un emprendedor. Paseando por un shopping, vieron los chupetes de plástico que estaban de moda y los empezó a fabricar en el establecimiento de bijouterie. La situación se revirtió y Diego nació en el Instituto del Diagnóstico el 16 de agosto de 1992.

La devolución del saque viene hacia su sector izquierdo, por lo que no lo le queda otra alternativa que devolverlo de revés. Es su mejor golpe y no puede ser de otra forma: su familia está acostumbrada a los reveses. Y a momentos de felicidad económica como cuando tenían una casa en Uruguay donde iban cada diciembre y enero para disfrutar del verano. Otra casa en Capital y otra más en los alrededores de la gran ciudad. Tenían varios autos y “la vida era asombrosa porque le sonreía en un recorrido sin penurias”,

Pequeño, mide 1,69, estatura poco frecuente en el ámbito de este deporte sus padres se negaron a aplicarle las hormonas que le aumentarían su altura. El peque demostró desde muy pequeño que tenía grandes condiciones. Por ahí hay una foto que lo muestra muy petiso, a los 12 años, saludando después de ganarle, a un adversario 15 centímetros más alto.

Vuelve mentalmente a la cancha. Lleva varios minutos de un peloteo intenso. Se mueve y mueve a su adversario de un costado al otro de la cancha. Intenta forzar la definición y corre hacia la red. La pelota viene alta, pero con talento la devuelve dejándola al lado de la red, en campo contrario.

Ha ganado el segundo set. Va hacia el banco y los recuerdos se acumulan, mientras descansa. Su padre vendió un auto viejo, un Ford Taunus sin motor por $1250,00, para que con lo que consiguió de apuro, su madre y él pudieran viajar a Córdoba a participar de un torneo. Sus hermanos se convirtieron en sus hinchas más cercanos, nunca hicieron problemas más allá que toda la familia empezó a girar alrededor de su carrera. El Peque se distrae y sus ojos miran hacia los recuerdos: “Para que yo hiciera mi carrera, mis padres fueron haciendo magia, solventando mis gastos con ventas de lo que podían, pidiendo préstamos a los amigos, porque recién, alrededor de los 16 años tuvo un sponsor. Mi mamá viajaba conmigo a todas partes, no podía pagar un entrenador.” También cuando un médico le dijo que sin tratamiento, no iba a crecer y llegaría como máximo hasta un 1,70 metros, su madre se opuso, y él nunca lo consideró un problema.

Vuelve a la cancha. Empieza el tercer set. Se concentra. Observa a medida que se desarrolla el set que su adversario está psicológicamente vencido. Están 5 a 1 y tiene el saque. Tira la pelota alta y la impacta con violencia. Es un ace. Se dirige lentamente hacia la red para el saludo de rigor. Es una victoria más, por supuesto, no tan importante como en los cuartos de final en Roma le ganó a esa leyenda que es Rafael Nadal o cuando jugó su primera semifinal de Grand Slam en Roland Garros. O el haber ganado hace unos días uno de los trofeos que más quería, porque era aquí en su país: el Argentino Open derrotando a la sorpresa del campeonato, la revelación, el argentino Francisco Cerúndolo por un categórico 6-1 y 6-2. No recibirá lamentablemente por razones obvias el habitual llamado de Diego Maradona, del cual, gracias a sus padres, heredó su nombre. El que siempre lo llamaba cuando ganaba pero indefectiblemente cuando perdía. Recordaba siempre cuando le dijo: “ Sólo pierden las finales aquellos que los juegan”

Cuando le da la mano a su tesonero adversario por encima de la red, siente como siempre que está acompañado por sus padres, sus hermanos, su novia, la modelo y actriz Eugenia de Martino, y por aquel bisabuelo por vía materna que empezó a escribir esta historia familiar cuando cambió un destino inexorable en un campo de concentración por una huida que lo llevó con los años a una tierra de esperanzas llamada Argentina.

Ese tie-break que jugó Abraham y donde el premio era la vida o la muerte, no sólo el albur tenístico de ganar o perder. Por eso para el Peque, ganar no es la gloria ni perder la muerte. Es sólo la vida con sus luces y sombras.

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